El mate sin corona, la ronda que se extraña

Pulmón de repuestos para tristes y solitarios, el mate ha dejado de ser parte de la ronda y excusa de la charla. (Mario Minervino, para “La Nueva”)

El coronavirus nos ha quitado el ritual del mate. Ha borrado de un plumazo el giro de la bombilla compartida que inicia la ronda una y otra vez. Desapareció la cebada, la excusa del encuentro, el centro de la charla. Se quedó sin pilas “el reló que mide las horas vanas”, según lo mencionó Jorge Luis Borges.

   En 1890 el ingeniero francés Alfred Ebelot lo estudió mejor que muchos. Lo llamó “símbolo de la vida del desierto”, mientras dirigía la construcción de la zanja de Alsina, a la altura de Carhué.

   “Es un excitante, al propio tiempo que un brebaje de sustento. Entona el organismo cuando está cansado. Entretiene y tranquiliza el estómago, cuando se está hambriento. A medida que va y viene, las fisonomías se animan, los ojos pesados de sueño brillan, el escalofrío matutino está reemplazado por un delicioso bienestar, la charla se arma que da gusto”, detalló.

El mate ha sobrevivido a modas y dolores, a épocas y males. Nunca ha faltado entre los argentinos como excusa y razón de reunión. Convertido ahora en posible transmisor de un virus, se ha vuelto compañero solitario.

Entre Borges y Cortázar, reló y pulmón

   Cortázar lo definió, en su libro Rayuela, como el “pulmón de repuesto de argentinos tristes y solitarios”. Para Jorge Luis Borges, sirve para medir las horas vacías, las horas sin contenido.

   “y somos desganados /y argentinos en el espejo/y el mate compartido mide horas vanas”.

   También supo definir a una noche como “olorosa como un mate curado”, la misma noche que, escribió, “acerca agrestes lejanías y despeja las calles que acompañan mi soledad”.

   Pero el autor de Ficciones tenía algo más que decir:

   “Iguálenos el mate parejo y compartido,/el mate que es de muchos/como el sol y la luna;/volcancito que humea caliente/como un nido,/manso reló/que mide las horas de la duda”.

   Eso dijo: “manso reló que mide las horas de la duda”. Borges, que no tomaba mates o al menos no hay fotografía que los haya registrado, entendía el secreto del brebaje.

   Cortázar tenía una cruzada diaria en París para conseguir yerba para su jarrito verde enlozado.

 «Si se me acaba la yerba estoy frito, pensó Oliveira. Mi único diálogo verdadero es con este jarrito verde». Rayuela está impregnado de mate y costumbrismo. Oliveira, protagonista, protagonista “Estudiaba su comportamiento extraordinario, la respiración de la yerba fragantemente levantada por el agua y que con la succión baja hasta posarse sobre sí misma, perdido todo brillo y todo perfume a menos que un chorrito de agua la estimule de nuevo, pulmón argentino de repuesto para solitarios y tristes”

   El mate que ahora puede ser contagio. La ronda que se ha perdido, las manos que no se estiran. Pero sigue ahí el pulmón verde en movimiento, el volcancito humeando reló de las horas vanas. Volverá un día a ser parte de la ronda, como ha vuelto la primavera, como vuelven los cometas.